Negro,
quítate el lastre,
arroja el peso de esclavitud:
¡tengo que hablarte...!
Negro, hermano mío,
oye mi piel blanca,
quejarse en un lamento de dignidad;
no sabes cómo me duele,
flor de maracas, carbón de mi tierra,
esa apatía:
¿por qué la bemba hecha risa,
el baile suave,
y los ceños prietos sudando ron?
¿por qué esos tambores
rompiendo noches,
ahogando estrellas en un solar?;
¿por qué esas hembras,
cansando calles,
en policromía de carnaval?;
¿por qué negro
la voz callada... por qué?;
¿por qué tras las maracas
enamorando lunas,
el dolor profundo has de ocultar...?
Negro,
yo puedo hablarte
porque me dueles...
Eres un pedazo de Cuba
en trapiche de dolor;
eres un eje de ruedas
que soporta el trajinar;
y con tu color de caimito,
de canela y de bronce,
tienes que decir en grito
ese dolor de sabana...
Son muchas jornadas
las que te vieron en este mundo
paseando cadenas,
y Negro
¡ya basta de ellas!
Tienes que oírme y olvidar un poco
tanto ron,
tanta rumba
que llegarán a ahogarte.
Busca esa senda
hermano oscuro, que es dignidad;
estudia y pide ¡no calles nunca!
que tu negror hecho coraje
en un mismo yunque de músculos
blancos,
negros,
de todos tintes
exigirán al mundo
pan y cultura.
¡Hogar y libertad...!

Luis Saíz

2 de febrero de 1957