Alegría metálica de noche insomne,
bohemia existencia para oler en lavanda,
cuerpo anciano en manos
marchito en noches,
mujer cansada en caricias
y ajada en goces:
¡No sufras...!
Ramera,
amante desconocida de tantos hombres;
novia, esposa y querida
en un todo falso.
Ramera,
triste historia de rouge
colorete y polvo malo:
¡no sufras!
Los lechos que te vieron
en sonrisa falsa y goce sin verdad de ser,
las noches que te oyeron
llorando a las estrellas,
por los besos que se rompieron
en tu débil dureza de roca,
saben la ilusión que te acompaña siempre,
como una amiga fiel o un perro manso.
Yo que te he visto hacer comercio
en las frías aceras,
que te he sentido mujer y amante
en una sinceridad de alcoba,
que te conozco el lamento dolido
por saberte hembra y querer ser esposa,
yo que he vivido en el revuelto lecho
toda la pena de saberte con precio,
te pido, ¡que no sufras...!
Hija-fraude de vitrola,
melodía trasnochada,
entre humos de cigarros
y apetitos humanos
recorres tortuosas calles
en pregón de mercancía
para que reposado burgués te humille con su dinero.
En cada vibrar de caderas
en cada choque de labios,
y en toda caricia tuya
hay una misma tristeza de mujer que no se ha hallado.
Y poco importa si te das en cien mimos
y mil besos para amar,
juguete de un mundo injusto
debes callarte el “te amo”como algo que no existe.
Mujer de las violáceas ojeras,
mercancía entre manos acicaladas y finas,
apréndele un poco la manera al mendigo sucio,
que mientras pide y sufre, ¡también espera!
y date cien veces para voces dulces
en vibración distinta y besar limpio.

Luis Saíz

Febrero 27 de 1957