Los muslos
suaves y redondos del sol
y de la mano mía;
lo senos,
casi infinitos de goce y sabor
a ti;
los ojos,
más hondos y duros,
cuanto más ansiosos;
y tu carne blanda
pegada al suelo, y sucia de mí,
mojada y tibia
como un yo imposible lanzada al viento;
casi como una mañana,
clavada en el tiempo sin existencia,
ni cierta ni futura;
y toda unida sin porqué
ni historia,
ni razón alguna;
sólo el cuerpo muerto,
entre el deseo vivo,
de tus muslos
y tus ojos,
y tus senos,
casi infinitos de goce y sabor,
con la carne blanda,
de mí
sobre tu yo,
perdido y pegado al sol...
Lluvia de siempre
en tus labios,
y en los míos,
sin más sabor que tú,
y las carnes nuestras unidas.

Luis Saíz

Junio 1 de 1957