voz más erguida en los años de entrega,
cuando los malos se doblan
y la patria se enlutece;
¡José Antonio...! ¡José Antonio Echeverría!
jirón de carnes cubanas,
con tus balazos en tuétano
y la limpieza en el alma.
Canta... Grita... y saca tu voz de vanguardia
para abochornar apóstatas,
para ajusticiar traidores.
José Antonio,
tu nombre me trae al Maestro
y al Mulato que fue sol;
al Jardinero sin Odios,
y al Gigante de San Pedro,
porque tú viviste en la idea y en su culto,
único credo de tu virilidad enhiesta.
Hijo más alto que parió el Alma Mater.
Sin cadenas en las ropas destrozadas
ni mácula en la vida que se esconde,
como un trueno levantado de entrañas
sobre la misma calle de asfalto duro
que te sirvió de vía hacia la gloria.
José Antonio,
porque eres la meta más ansiada
y el gesto más en vilo,
prueba la mentira de tu muerte,
enséñanos las veinte heridas de tu carne;
clavel clavado a lo zurdo,
de esta generación intransigente y digna.
Y dilo para oírlo mucho,
para que nadie se olvide de tu viaje sin fin hasta la gloria,
con los ojos soñando escalinata
y las manos aferradas al hierro que derriba tiranos.
Tú que siempre fuiste vanguardia,
con el himno entre los labios,
sirviendo la bandera solitaria como escudo;
Tú que no puedes vivir en lo turbio,
hijo más alto que parió el Alma Mater,
¡clava los huesos de tu vida,
en una cruz inmensa
por sobre los brazos abiertos del templo bicentenario,
que llora por sus aulas con luto,
para espuela de hombres sin memoria,
o garras prontas a brotar!
José Antonio,
Yo que te sentí en la voz que fustiga,
sin un soplo de temor en la mirada,
hablándole a los hermanos de tu causa;
yo que te supe,
perdido entre los ojos que te vieron,
en la plaza que temblaba a las notas sinceras de tu voz,
y que te llevé como amigo sin haberte hablado nunca,
más que una frase fugaz en el rumor de una presentación,
te vengo a ofrecer mi vida.
Sólo puedo ofrecerte mi vida
para que ese viaje tuyo tenga razón
y no se pierda
entre humos de cervices con polvo
y espalda-gelatina;
porque tú eres algo más,
¡mucho más!
que un muerto ahogado por terrones
de cementerio provinciano.
Por eso,
(gesto de muros centenarios,
y aulas alérgicas al amo);
Por eso José Antonio,
(nervio guardado en celo por los pobres que te oyeron);
no teniendo más nada que ofrecerte,
¡te doy mi vida!
Y en cada mano dura
puesta sobre arado ajeno;
y en todo martillo que golpea
en un yunque extranjero;
y en todo corazón presente,
de las mujeres sin risa
por los que no volverán,
estás tú,
¡José Antonio Echeverría!
como un algo muy íntimo
que ni se da, ni se olvida;
estás tú,
(gesto-intención-idea, de la juventud revolucionaria),
representando al esposo,
al hermano que cayó,
o el hijo que murió contento, por un plomo mercenario.
Y porque me siento en esa realidad humilde,
que no te olvida,
sé que ese viaje tuyo
con un reguero de plomo entre carnes
y los labios besando al Alma Mater,
es sacrificio costoso,
¡pero no estéril!
¡José Antonio...!
clavel clavado a lo zurdo
de esta generación sin manchas.
¡José Antonio...! ¡José Antonio...!
La Revolución en grande,
la que dará pan al pobre
y sonrisa a los niños sin hogar;
esa cosa cierta por la que tú caíste,
está ya en marcha,
para clavar tu historia en lo más digno
de la escalinata que te supo la idea
y hoy te llora en el gesto.
José Antonio Echeverría,
clavel clavado a lo zurdo,
José Antonio Echeverría,
¡tú eres el hijo más alto que parió el Alma Mater!

 

Luis Saíz

Junio de 1957 

(Año de la Revolución)