se oyó el crujir de un labio roto,
el dolor de una virgen menos,
corrió la sangre mezclada en negro
por las caderas húmedas de una hembra dormida.
el macho gozó su cuerpo
poseyó su carne, mordió su boca,
por entre sus dientes de bestia hambrienta
salió en hilo el rojo brilloso de un alma en cielo.
su cuerpo asombrado, ante el calor
de un cuerpo que no deseó
lagrimeo en humedad de aurora
el dolor de un cuerpo cristal,
las iras de un seno altivo.
la posesión es larga... trabajosa
cada centímetro obtenido
es un poco de su sangre
es un pedazo en desgarrón, de su cuerpo;
a cada momento, para si pensaba
haber llegado al final de todo
haber conseguido poseer en dulce
lo que oculto en las sombras
poseyó en hierro;
pero en lo arriba de su pecho
sintió al morder
la rebeldía de un cuerpo forzado en duro.
la carne se le está escapando
de entre sus manos al hombre,
ha sentido la huida de un seno en desprecio,
el odio en llanto de unos ojos negros,
la vergüenza de su posesión chaparra
y está comprendiendo en golpes
que la hembra antaño dormida
se vuelve bestia desesperada.
él, el violador, está aún en goce,
su cuerpo calienta sin decoro
el centro púdico de aquella hembra
aún sus manos envilecidas
rozan en frío las carnes dolidas
aún su boca metálica y lasciva
sorbe la humedad de un labio que escapa en furia;
!es necesario libertarla!
sanar en plomo
la boca en jirones de una virgen violada,
hacer llorar en lágrimas de cuerpo
el sexo malo de aquel que aprovechó lo oscuro.
hace falta una carga de conciencias,
un rudo tajo al metal en filo que forzó,
un sonar de cielos a su bota lodosa,
una explosión de ondas en su cara traidora,
para poder llenar un corazón de latidos,
para hacer salir en gritos toda la felicidad,
y golpear al oído de los soles:
¡la hembra mansueta y pura,
ha vuelto a su sueño en mar!

                                    

Sergio Saíz

21 de junio de 1957