tus dolores, yo los siento,
me dueles un poco en la frente,
me dueles un poco en la vida.
tus quejidos son muy largos
tu barriga ya me cae.
suelta ese hijo a los siglos,
suéltalo a mi mirada,
déjame beber en él
un poco de sol y dicha.
hombres que lucen dormidos,
pretenden no divisarte,
aquellos que lanzan la muerte
enrollada en un papel,
quienes en parto más corto,
quieren un despertar más claro
de este sueño de sangre que sentimos.
hombres muy llenos en blanco
te asisten en tu lecho alto,
palpan tu vientre entre plomos,
cada dolor es un muerto,
cada estertor una vida.
los ojos de un pueblo entero
están en tu vientre, abierto.
danos un poco de luz,
danos un poco de aliento.
no te apures, ¡ven cuando quieras!
pero eso sí ¡no nos traiciones!
quiero que cuando tu sexo
abra su boca a mi mirada ansiosa
sea dicha lo que salga,
que sea el fruto: blanco y duro,
blanco de manos y frente,
duro frente a lo negro.
sea tu fruto un júbilo
nunca un nuevo desengaño.
otras veces me engañaste,
tu seno se abrió muy pronto,
tu fruto pudrió muy cerca,
salió malo y amarillo,
yo lo quiero, blanco y duro,
yo lo quiero puro y grande.
mujer de tu parto esperan
algo que nunca han visto.
hombres-arados que arañan,
esta tierra que pisaste,
hombres que llevan dentro
una máquina, un dolor,
hombres que no tienen nada
que llevar a esa tabla triste que es la mesa del humilde.
¡pare mujer cuando quieras!
¡pare ahora, pare luego!
pero cuídate mucho,
de volvernos a engañar.

 

Sergio Saiz

2 de junio de 1957