Pio Domingo iba contando los pasos mientras bajaba por el trillo que llevaba al pueblo, como si tratara de demorar más el momento de su llegada a la casa de Juan de Dios.
Tenía Pío Domingo unos 60 años, sin embargo, conservaba todavía la dureza del músculo y la energía de cualquier joven de 20. Era un guajiro fuerte y sano, como todos los hombres de tierra adentro, y honrado a carta cabal. Para él la honradez y la limpieza de nombre significaban más que cualquier otra cosa en el mundo. Antes que nada estaba su honor, después le seguía todo lo demás. Y ahora su honor y su nombre se habían puesto en entredicho con todo lo que en los últimos tiempos había pasado.
Fue el mozo de Juan de Dios que le avisó donde vivía en las lomas. Serían cerca de las dos de la mañana, pero sin embargo Pio estaba todavía despierto, sentado en el portal del bohío. No lo había inundado el sueño temprano, como siempre; tal parecía que le deparaba el destino alguna sorpresa en esa noche. Cuando oyó los cascos de un caballo que repiqueteaban en la soledad de aquellos lugares, su corazón comenzó a latir apresuradamente como si supiera lo que aquel mensajero de la noche venía a decirle. Estaba muy nervioso Pio Domingo cuando se apeó el sirviente del caballo. Bruscamente le preguntó al hombre qué pasaba. El hombre sólo sabía que Juan de Dios lo mandaba a buscar. Era importante. Muy importante para Pio.
De aquel extraño mensaje hacía ya dos noches y Pio no había bajado al pueblo. No quería bajar porque temía que sus sospechas se confirmaran. Y lo que sospechaba, para él no tenía ningún valor ya -o más bien le importaba demasiado; mucho más de lo que él se imaginaba-; pero comprendía que si no iba, Juan de Dios mandaría otro emisario o vendría él; pero no le importaba nada; sólo quedarse para siempre en aquellas serranías donde nadie lo molestara. Ya no tenía familia, pues lo único que le quedaba era su hija Rosaura, y desde que aquello había pasado no quería saber nada de ella. Ni aún muerta... ni aún muerta... y le repiqueteaba este estribillo en su conciencia como si tratara de hacerlo más firmemente... ni aún muerta... ni aún muerta.

Sin duda había sido un gran golpe para él lo de su hija Rosaura. Un golpe duro y profundo de esos que sólo se sienten una vez en la vida, pero que destrozan lo más hondo del alma. Nunca lo habría pensado él con su imaginación buena de campesino sin malicia. Honrado. Jamás le había pasado a él algo parecido.
Era feliz con su hija Rosaura, que era lo único que le quedaba desde que en el último ciclón murieron su esposa y dos hijos más, víctimas de la inundación. El se salvó de milagro. Rosaura luchó junto a él para salvar la vida de las rápidas corrientes de agua. Ellos vencieron, los demás fueron arrastrados sabe Dios a donde.
Desde entonces Rosaura había sido la única razón de vivir. Del duro bregar que era su existencia. Cuanto hacía o trataba de hacer era para el bien de su hija. De lo único que le quedaba en el mundo. Más bien eran dos hermanos que se querían mucho.
Vivían los dos en la veguita "Los Corrales", propiedad de Donato Ruz, que Pio tenía arrendada desde hacía varios años. No era su casa lujosa, pero tampoco era un bohío lleno de miseria. La limpieza y el orden que dan una mano de mujer sobresalían en toda la casa. Era el espíritu incansable de Rosaura que no dejaba nada que no tuviera algo de su mano. Y Pio estaba contento de su hija; era el prototipo del padre que siente orgullo de su hija mientras que la veía como no se cansaba nunca, siempre arreglando cosas en la casa. Y también era el prototipo del padre temeroso de la belleza de su hija, que iba cada día en aumento. Belleza que haría que dentro de poco los hombres trataran de conquistarla y arrebatársela de su lado. De dejarlo solo para siempre.
Ya tenía 18 años Rosaura. Su cuerpo bien formado y flexible le recordaba a Pio las bailarinas que vió cierta vez cuando más joven en La Habana. Su cara completaba el hermoso conjunto que "atraía" a todos los guajiros de los alrededores suspirando y no sólo eran los guajiros, sino que también, cuando el otro día fue Rosaura con su padre al pueblo, algunos "señoritos bien" le dijeron algunos piropos. Rosaura ingenuamente se lo había dicho a su padre y a éste no le gustó aquello. Sus temores se iban confirmando y él no quería que fueran nunca realidad. Su corazón guajiro, hecho al trabajo continuo odiaba a estos "señoritos bien", de suaves manos como damas, y que invierten su tiempo en piropear a cuanta mujer pase por las calles, deseosos de causar el mayor daño posible a la imagen que crea sus requiebros amorosos, para después abandonarla y burlarse de ella. Los odiaba aún más temeroso por Rosaura. Y les temía también cuando recordaba lo que le había pasado a Elvira, la hija de la comadre Ramona, hacía ya dos años con cierto "señorito bien"; había sido el comentario de todo el veguerío. Hasta él había murmurado... y ahora temía.
La noche se iba acercando mientras que Pio Domingo, sentado junto a la puerta de su casa, pensaba. Necesitaba pensar sobre muchas cosas, ordenar sus ideas, definir su actuación futura.
Harían tres meses que Rosaura sufrió aquel desmayo, cuando regresaba con la cantina vacía de comida que momentos antes le llevaba a Pio.
Fue una cosa inesperada pudiendo oir Pio donde se encontraba un grito corto que supo enseguida que era de su hija. Corrió tan rápido como lo permitieron sus viejas piernas, y cuando llegó ya varias mujeres estaban tratando de reanimarla.
Al momento que la llevaban para su casa, Pio montó en su jaca "Vencedora" y como un bólido corrió al pueblo en busca de un médico.
Después que el Dr. estuvo casi media hora con Rosaura en el cuarto, salió y llamó a Pio y con el laconismo que caracteriza a los médicos, le dijo:
-- Su hija está embarazada.
Pio Domingo, el hombre duro, el que no se amedrentaba ante nada tembló como si todas sus fuerzas lo abandonaran y estirando sus brazos logró recostarse al añoso tronco de la ceiba que estaba en el medio del batey.
Con la cabeza gacha, avergonzado, entró Pio en su casa. Ya las comadres y los mirones habían comenzado a hacer sus conjeturas: Que si era cáncer... Que si era tifus... que si estaba embarazada... ¿Qué sería?.
Pio Domingo, antes de entrar en el cuarto de Rosaura, bruscamente, les dio las gracias a todos y les pidió que los dejaran solos. Solos con su deshonra, con su desdicha. ¡Solos!... ¡Solos!...
Ya dentro del cuarto se dirigió a la cama donde se hallaba su hija. Con sus fuertes manazas agarró por el cuello a su hija. Sus ojos denotaban toda la desvergüenza que anidaba en su alma. Con voz temblante y furiosa, le dijo:
-- ¿Quién fue? ¿Quién fue? ¡Dímelo o te mato! ¡Dímelo! Rosaura, sabedora ya que su padre estaba enterado de todo, comenzó a llorar, mientras que su padre, loco de furia y de vergüenza, la zarandeaba entre sus manazas de hombre.
Pio Domingo fuera de sí, demandaba el nombre del causante, pero Rosaura, entre llantos, se negaba a decirlo.
Viendo que todo era inútil la dejó caer pesadamente sobre las almohadas de la cama y se marchó del cuarto.
No supo Pio cuánto tiempo caminó por los vegueríos. Horas, muchas horas. Cuando ya vino a darse cuenta de que caminaba sin rumbo, era de noche cerrada. No sabía dónde se hallaba. Pero era lejos de su bohío deshonrado; y ahí, donde quiera que fuese, pero siempre lejos de su deshonra, quería estar Pio Domingo.
Toda aquella noche se la pasó subiendo lomas. Alejándose del llano, donde su nombre estaba manchado. Subió mucho, muy alto. Y ya en la madrugada cayó rendido sobre la tierra, como caen los enormes pinos, estrepitosamente.
Serían las cinco de la tarde cuando despertó Pio Domingo. El sol ya empezaba a esconderse.
Entonces se decidió a bajar al llano e ir a su bohío, recoger sus pertenencias y mudarse para siempre a las lomas. Viviría solo. Sin nadie... Con su deshonra.
No vió en todo el bohío a Rosaura. Se había marchado. Quizás con el que la deshonró --pensó Pio. Mejor.
Desde entonces vivía en las lomas. Tratando de olvidar sus penas, pero no podía olvidar, al contrario, surgían cada día sus pensamientos llenos de acusaciones contra si mismo por haber abandonado a su hija; por haberla dejado ir sola por el Mundo, a punto de ser madre... Eso lo llevaba clavado como finos puñales en su corazón.

Y así el tiempo fue corriendo velozmente para Pio Domingo hasta aquella noche en que llegó el emisario de Juan de Dios.
A la tercera noche se decidió a bajar al llano e ir a casa de Juan de Dios. Así saldría de dudas para siempre.
Había dejado su jaca "Vendedora" al pie de la loma; no quería llamar la atención; iría a pie hasta el pueblo cuando todos estuvieran durmiendo.
Ya camino de la casa se arrepintió Pio de haber venido al llano, y estuvo a punto de regresar, pero una fuerza extraña lo impulsaba a seguir caminando por aquel trillo que lo llevaba a la casa de su compadre Juan de Dios.
Mientras caminaba despacio por el trillo, iba pensando sobre la actuación con respecto a la hija. Pensó mucho; bueno y malo; pero cuando se decidió a tocar a la puerta de la casa se notaba en su semblante una expresión de alegría y fe en un futuro que hacía mucho tiempo que no surgía en su rostro. Antes, todo era dureza y tristeza. Un ceño siempre fruncido. Una expresión en su rostro arisca. temeroso de todo contacto humano. Más bien de bestia asustada. Ahora todo era distinto. Irradiaba paz y felicidad.
Tocó suavemente con sus nudillos, temeroso de que alguien fuera de Juan de Dios, lo oyera. Y Esperó.
Al poco rato se abrió la puerta y ante Pio apareció la figura soñolienta de su compadre. Después de un abrazo cordial y el duro apretón de manos entraron los dos hombres y se sentaron en los taburetes del comedor.
Pio anhelaba saber para qué lo quería Juan de Dios desde hacía tres noches y ya iba a dirigirse a él para preguntárselo cuando Juan de Dios, cambiando el semblante, se levantó de su taburete y se dirigió a la ventana que daba a la noche. Desde allí le dijo:
-- Pio, yo te mandé a llamar porque tuve noticias de que tu hija estaba muy grave en el hospital de San Pedro y pedía a gritos que tú fueras a ella. Pero como tú no venías, fui yo sólo.
Pio Domingo, sentado en tosco taburete, con la cabeza entre sus manos, oía a su compadre.
De pronto levantó la cabeza y con una voz llena de dolor, casi fúnebre dice:
-- ¿Y por qué no vamos para allá ahora mismo?
Juan de Dios, de espaldas a Pio, mirando por aquella ventana que daba a la noche le contesta:
-- Porque Pio ya es tarde; tu hija Rosaura murió anoche. Fue un resorte que lo levantó de su taburete. Fuera de sí, se dirigió a donde estaba Juan de Dios y virándolo hacia él, frente a frente los dos, oyó como éste, imperturbable, afirmaba:
-- Sí, Pio, anoche murió. Murió con tu nombre en sus labios. Pidiéndote perdón.
Juan de Dios vió como dos lágrimas corrían por las mejillas del rostro curtido por los años de Pio Domingo.
Un ¡Y yo no fuí!... desgarrante, fue lo último que pudo oir de sus labios, pues como un animal asustado, huyó perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Al otro día ya todo el pueblo lo comentaba.
Habían encontrado a Pio Domingo en su antigua vega, en la mata de ceiba que estaba frente al bohío.
Pero lo habían encontrado ya tarde, porque teniendo como marco el ancho cielo cubano, más azul que nunca y como testigo a la jaca "Vencedora" se mecía con un vaivén rítmico, el cuerpo de Pio Domingo que colgaba de una rama.

Marzo de 1954