La noticia había corrido por los campamentos insurrectos rápidamente; como un soplo había ganado distancia para comunicar a todos la nueva: ¡¡Los norteamericanos estaban en guerra con España!! En el campamento "Los Guasimales" era la comidilla de todos, el júbilo inundaba los rostros, la alegría y la esperanza desbordaban en el campamento; y el viejo soldado Facundo Mapi también reía y lloraba de júbilo al saber la noticia.
Ya no eran sólo los cubanos, pobremente armados, hambrientos, minados por las enfermedades, los que luchaban por la independencia; ahora el amigo poderoso del Norte, compadeciéndose de sus hermanos menores, luchaba en los campos de Cuba; luchaban cubanos y yankis hermanados por un mismo ideal sagrado: La Libertad.
Mientras la tropa avanzaba, a librar otras batallas más por Cuba, Facundo Mapi, montado en un potro negro, pensaba en la veguita allá en Oriente --en aquel pedazo de tierra amado, que sus padres e hijos, los Mapi, habían cultivado--; pensaba también en su esposa, abnegada mujer que sabedora de las miserias y privaciones que pasaría si su marido se iba a la guerra, no vaciló, instándolo a que marchara al frente, a que defendiera la Patria con el filo de su machete y con su vida.
No recordaba Facundo cuántas veces había estado a punto de perder su vida, cuántas veces una bala laceró su cuerpo... habían sido muchas veces sí... muchas veces... pero poco importaba su vida, su existencia, aun el futuro de sus seres más queridos ante la libertad del suelo patrio; ante la necesidad de sacudir el yugo ibero y expulsar hacia el mar a esos seres escasos de alma, ladrones de honra que habían martirizado a Cuba durante cuatro siglos, que habían inundado sus tierras con tanta sangre inocente; ¡¡NO!! ante eso poco importaba su vida, su sangre...
Mientras pensaba, una lágrima de fuego corría por su mejilla, una lágrima no de duda, sino de decisión ¡decisión de no cesar jamás de empuñar su machete mientras hubiera en su Patria un ser esclavo; mientras existiera en Cuba una familia desvalida; un campesino sin tierras; decisión que lo impulsaba a derribar toda bandera que no fuera, la tricolor enseña de la estrella solitaria!
¡Con cuánta fuerza ansiaba regresar a su tierra querida, a los brazos amantes de su esposa, a volver a tener entre sus manos las negras cabecitas de sus hijos, a sembrar otra vez aquellas tierras que la necesidad patria había vuelto baldías; pero antes de todo, la guerra tenía que terminar...!
Y así cierta noche llegó al campamento a todo galope un emisario del General García; con voz entrecortada, alegre, gritó: ¡La guerra ha terminado! ¡Los españoles se han rendido! ¡Nuestros amigos los yanquis han expulsado a Blanco de La Habana! ¡Muera España! ¡Viva Cuba Libre!
Un ¡Viva! que retumbó en toda la manigua heroica recibió aquellas palabras... al fin todo había terminado, Cuba era libre; ya no seríamos más esclavos... El tiempo iba pasando mientras los norteamericanos con una administración eficaz y certera nos iban abriendo el camino para ser República.Facundo Mapi licenciado del Ejército Revolucionario, guardó su machete y regresó al terruño de Oriente.
Cuando llegó, su corazón dió un enorme vuelco, todo era ruina y desolación; las altas yerbas que cubrían las otrora fértiles vegas, escondían lo que quedaba del antiguo hogar... Sabía Facundo que tendría que trabajar duro y sin descanso para volver a ganarse su sustento; tendría que levantar un nuevo hogar para la esposa y los hijos que ahora estaban refugiados en la casa de unos amigos en el pueblo; lo sabía; pero no se amedrentó, sino que con el corazón y el alma rebozando alegría y esperanza se dio manos a la obra... Y los meses pasaban para Facundo y toda su familia en un continuo bregar, en un bregar sin descanso, de sol a sol... pero con resultados ya que al año de su regreso estaban viviendo nuevamente en su hogar, modesto, pero levantado con sus manos, con las pencas y las yaguas que las palmas generosas le brindaron. El campo estaba ya sembrado, pronto iría con los frutos al pueblo... acaso hasta le compraría aquella muñeca que tanto le gustaba a su hija... o quizás no, sería mejor ropa para ellos, para la esposa.
Al fin llegó el día en que el Mercado del pueblo acogió todos sus productos: ¡Como reían todos con las primeras ganancias obtenidas! En el mercado vió a varios de sus antiguos compañeros de armas; hablaron de muchas cosas; sobre todo de los yanquis que hacía 4 años que estaban en el poder, tal parecía que pensaban quedarse para siempre con Cuba. No le gustaba aquello a Facundo Mapi. Se decía que el General Gómez pensaba sublevarse. Facundo oía y no le gustaba nada aquello...
Pensaba que Cuba en realidad no era todavía libre, que si se había librado del yugo español--yugo extranjero--, ahora pesaba sobre ella otro yugo --no menos extranjero-- el de los yanquis.
A Facundo no le gustaban los yanquis; lo desagradaban esos seres rubios y altos, de un hablar incomprensible, que miraban a los cubanos como seres inferiores. Se le antojaba que aquellos hombres que habían luchado junto a los cubanos en contra de España, consideraban a Cuba como un botín de guerra... Tal parecía que eran los nuevos amos, en vez de los amigos libertadores. Comprendía que eran diferentes en todo, a los americanos tropicales, a los de la tierra de la rumba y del ron. Pensaba que esas diferencias no sólo estaban en la lengua y en lo ético, sino también en lo más hondo del alma, del sentimiento. No dudaba que los yanquis nos despreciaban; que sólo tratarían de aprovecharse de nuestro pueblo, de comerciar con nuestros anhelos, de vender nuestras ansias; para luego dejar para siempre su dominación sobre nosotros. Así pensaba Facundo Mapi. Pero callaba...
Y llegó el 20 de Mayo de 1902.
Llegó la nueva República, la República libre y soberana por la que tanta sangre se había derramado, por la que tantas familias perecieron. Llegó el júbilo y el regocijo para toda Cuba. Pero también vino como un estigma a nuestra honra, como un mentís a nuestra soberanía la Enmienda Patt.
Facundo Mapi estaba avergonzado de Cuba y de sus hombres; de él mismo, de todos los que veían con los brazos cruzados cómo se nos ultrajaba, cómo los "libertadores yanquis" nos abofeteaban la honra y la dignidad. De cómo los grandes capitales extranjeros aprisionaban a Cuba, de cómo el dinero maldito de ellos lo compraba todo. Tierras.... vidas.... libertad....
Y nacieron los enormes latifundios azucareros; las grandes empresas extranjeras que exprimían nuestra Isla. Y volvió el guajiro a pasar hambre, miseria, a tener que soportar crímenes inmundos, injusticias. A soportar sobre su hombro el nuevo yugo económico de los rubios del Norte.
Mientras que los gobernantes de turno vendidos como una mercancía más al amo del Norte soportaban indiferentes estas injusticias.
Es que ¿acaso se había luchado en los campos de Cuba durante largos años para eso? ¿es que la sangre derramada por tantos cubanos fue para que ahora una jauría de criminales se aprovechen de Cuba?. ¿Se perdieron en aras de la Libertad tantas fortunas, tantas existencias apacibles y cómodas, para obtener en cambio éstos? ¿Huyeron padres e hijos de los senos seguros del hogar y de la familia hacia el campo de batalla para que ahora recojamos como única cosecha amarga tanta injusticia y atropello; para que detrás de la caña y del hierro que nos roban se vayan en macabra comparsa, el título del ingenio, la propiedad de la mina, de las tierras? ¿Es que nos libramos del yugo español a sangre y fuego, para enrolarnos como bestias --que pasan de amo a amo-- bajo el yugo yanqui? ¿Es esta la República de todos y para el bien de todos...? ¡NO! ¡NO! ¡NO! Facundo lo sabía bien. Lo sabían bien todos los campesinos. Pero ahogaban cobardemente su grito de rebeldía, mientras que los yanquis secundados por un nuevo Ejército a su mando, despojaban de las tierras cubanas, ¡a los campesinos cubanos! Le arrebataban todo a los que habían ofrendado su vida tantas veces por Cuba... ¡Todo!.
Facundo Mapi cuando por las noches, después de la incesante labor del día, se sentaba en el suelo de tierra de su bohío de yagua y guano, pensaba en todo eso. Pero no culpaba a los extranjeros, culpaba a los propios cubanos que permanecían impasibles, soportando estoicamente, ante tanto atropello.
¡Trataba de explicarse la razón de todo esto y no podía!... porque él sabía que no tenía explicación justa; ¡Pensaba en los enormes palacetes que se levantaban en las ciudades, contrastando criminalmente con los míseros bohíos de tierra adentro, palacetes que los nuevos ricos -los que habían vendido a Cuba - levantaban con el sangriento oro extranjero. Palacetes donde se urdían las más criminales confabulaciones en contra de los humildes; donde se comerciaba con el hambre de los hombres, cual mísera mercancía. Antros de demagogos y de bandidos; de traidores y de malos cubanos; de gobernantes que con su tolerancia bestial nos presentaban ante el Mundo como una raza indigna y servil, fatal resultado de una mezcla entre indio-negro y blanco. Lugares de vicio donde los generales de pacotilla, con sus pechos repletos de entorchadas medallas, cubriendo acaso la podredumbre de su cuerpo, secundados por una "aristocracia apergaminada" de espíritus torcidos, derrochaban a manos llenas lo que en la desierta mesa del guajiro faltaba.
También pensaba en los miles de bohíos como el de él. De suelo: la Madre Tierra. De techo: guano. Paredes: yagua. Donde todo era pobre, raquítico, escaso.
Y de adentro pensaba que esos debían ser los que dirigieran los destinos de Cuba. Verdaderos libertadores, ¡no abogaditos y niños mimados que nada sabían de las luchas cubanas. Los que permanecen fieles a Cuba. Los que rechazan el oro extranjero, aun cuando con él se coma bien, se vista mejor...
Y saltaban de sus ojos lágrimas de vergüenza, de deshonor, de frustración. Corría velozmente el tiempo. Un invierno terrible enemigo del pobre que no tiene los buenos abrigos ni las grandes pieles para cubrir sus carnes, martirizando la conciencia del padre que ve a sus hijos clamando por cosas que él no puede darles, cosas que sin embargo los malos tienen, y se las arrojan a la cara-- daba paso a un verano caliente y sofocante. Y así uno tras otro pasaban los años. Años de pobreza y miseria. Años en que los cubanos se disputaban el poder como una manada de perros hambrientos de lactar en el Tesoro Público. Años en que todo intento de civismo y de honradez quedaba trunco. En que el pueblo era cada vez más oprimido, más pisoteado.
Se rumoraba que pronto habría guerra en Europa. Que los alemanes la estaban provocando, mientras que los "amantes yanquis de la paz" trataban de evitarla. A Facundo le parecía aquello como una maquinación más de los rubios del norte. Maquinación que estrecharían aún más las cadenas que no estaban a sus pies. Parecía que era una guerra no por, la libertad del mundo, sino por la conquista de nuevos mercados de explotación, de nuevas "Cubas" donde asentar su influencia, pues en Cuba también habían venido en defensa de la libertad y sin embargo nos habíamos convertido en una factoría comercial más, una factoría de la cual habría que obtener grandes ganancias.
La guerra estalló. Inmediatamente comenzaron los grandes capitales norteamericanos a producir la materia prima para mantener la matanza, y el azúcar era importante. Era necesario producir millones y millones de toneladas. No importaba cómo. Había que hacerlo. Facundo Mapi tenía tan sólo una caballería de tierra. Pero era una tierra fértil. Facundo sabía que el dueño del Central deseaba esas tierras aunque nunca hubiera intentado poseerlas. Pero a Mr. Money -el dueño del Central- ahora le hacía falta hasta el último pedazo de tierra para sembrar caña.
Serían las dos de la tarde cuando Facundo Mapi --ocupado en su sembrado de papas-- vió aparecer por el trillo tres hombres a caballo. Cuando se fueron acercando distinguió a una pareja de guardias rurales y a Mr. Money.
Extrañado de aquella visita los esperó sobresaltado entre los surcos de su sembrado. --Buenas tardes Facundo --le dijeron al unísono los dos soldados.
--Buenas, señores- Qué se le ofrece --repuso temeroso Facundo, mientras se secaba gruesas gotas de sudor que le corrían por la frente.--Un negocio que viene a proponerle Mr. Money --dijo un soldado, esbozando una sonrisa cínica.--¿Negocio? No comprendo.--Sí, Facundo, tú vas a venderle tus tierras a Mr. Money.--Pero si yo no quiero vender --contestó lacónico Facundo.--Como no --Tú vas a venderle las tierras al Central en ...un peso-- dijo soltando una carcajada el soldado. Facundo Mapi lleno de ira y de odio hacia aquellos hombres que pensaban cometer tamaña injusticia con él, como lo habían hecho con otros campesinos; les dió como respuesta un NO duro y enérgico.
Pero aquellos cubanos mercenarios, aquellos malos hombres que ultrajaban a Cuba, sólo palanqueaban sus rifles --rifles pagados por los yanquis para matar en tierra cubana, a los que habían luchado por su independencia.
--¡Aquí está la escritura de venta, firmas o...!
Una lagrima de viento rebelde como él, meció los hirsutos cabellos de Facundo Mapi. Sus ojos parecían dos centellas. La boca contraída. El ceño duro. La cabeza alta. Con dignidad. Lleno de rabia y de furia Facundo Mapi desenvainó el machete que llevaba a la cintura. Vibró en su mano la hoja que antaño lo había hecho para segar cabezas de los opresores españoles en defensa de la tierra. Ahora también era en defensa de la tierra, pero serían cabezas cubanas las que segara; cabezas cubanas vendidas a un nuevo opresor, el yanqui. Lanzándose sobre aquellos seres repugnantes brilló el machete al contacto de los rayos del sol cubano. Pero fueron más rápidas aquellas manos lacradas que la honrada y justiciera de Facundo Mapi. Una descarga retumbó en aquellas lomas, una descarga llena de injusticia y de deshonra; mientras que todavía con el machete aferrado a sus manos, tambaleándose caía pesadamente sobre aquel pedazo de tierra el cuerpo inerte de Facundo Mapi; regando con su sangre pura y justa, con su sangre digna de hombre, aquellos surcos por los que había muerto...
Dícese que cuando cayó Facundo Mapi sobre los surcos queridos se oyó un lamento que inundó todas las serranías... ¡Era la Patria que lloraba por aquel hijo que había muerto luchando contra la opresión y la esclavitud! ¡Era la Patria que lloraba por Facundo Mapi! ¡La Patria que gemía porque se había ensangrentado con sangre cubana, surcos cubanos!
Y allí yacía Facundo Mapi guardando como póstumos recuerdos de este mundo lo que frenético agarraba entre sus manos. En una, todavía con el machete que momentos antes blandiera en defensa de la libertad y en contra de la opresión. En la otra, crispa sobre aquellos surcos - como si hubiera querido llevárselos consigo - un puñado de la tierra Santa por la que había ofrendado su vida.
Mientras, los pasos rápidos de unos caballos se alejaban sonando rítmicamente con las carcajadas de los jinetes y el llanto desgarrador de una madre y de sus hijos.
Luis Saíz
1954
La noticia había corrido por los campamentos insurrectos rápidamente; como un soplo había ganado distancia para comunicar a todos la nueva: ¡¡Los norteamericanos estaban en guerra con España!! En el campamento "Los Guasimales" era la comidilla de todos, el júbilo inundaba los rostros, la alegría y la esperanza desbordaban en el campamento; y el viejo soldado Facundo Mapi también reía y lloraba de júbilo al saber la noticia.
Ya no eran sólo los cubanos, pobremente armados, hambrientos, minados por las enfermedades, los que luchaban por la independencia; ahora el amigo poderoso del Norte, compadeciéndose de sus hermanos menores, luchaba en los campos de Cuba; luchaban cubanos y yankis hermanados por un mismo ideal sagrado: La Libertad.
Mientras la tropa avanzaba, a librar otras batallas más por Cuba, Facundo Mapi, montado en un potro negro, pensaba en la veguita allá en Oriente --en aquel pedazo de tierra amado, que sus padres e hijos, los Mapi, habían cultivado--; pensaba también en su esposa, abnegada mujer que sabedora de las miserias y privaciones que pasaría si su marido se iba a la guerra, no vaciló, instándolo a que marchara al frente, a que defendiera la Patria con el filo de su machete y con su vida.
No recordaba Facundo cuántas veces había estado a punto de perder su vida, cuántas veces una bala laceró su cuerpo... habían sido muchas veces sí... muchas veces... pero poco importaba su vida, su existencia, aun el futuro de sus seres más queridos ante la libertad del suelo patrio; ante la necesidad de sacudir el yugo ibero y expulsar hacia el mar a esos seres escasos de alma, ladrones de honra que habían martirizado a Cuba durante cuatro siglos, que habían inundado sus tierras con tanta sangre inocente; ¡¡NO!! ante eso poco importaba su vida, su sangre...
Mientras pensaba, una lágrima de fuego corría por su mejilla, una lágrima no de duda, sino de decisión ¡decisión de no cesar jamás de empuñar su machete mientras hubiera en su Patria un ser esclavo; mientras existiera en Cuba una familia desvalida; un campesino sin tierras; decisión que lo impulsaba a derribar toda bandera que no fuera, la tricolor enseña de la estrella solitaria!
¡Con cuánta fuerza ansiaba regresar a su tierra querida, a los brazos amantes de su esposa, a volver a tener entre sus manos las negras cabecitas de sus hijos, a sembrar otra vez aquellas tierras que la necesidad patria había vuelto baldías; pero antes de todo, la guerra tenía que terminar...!
Y así cierta noche llegó al campamento a todo galope un emisario del General García; con voz entrecortada, alegre, gritó: ¡La guerra ha terminado! ¡Los españoles se han rendido! ¡Nuestros amigos los yanquis han expulsado a Blanco de La Habana! ¡Muera España! ¡Viva Cuba Libre!
Un ¡Viva! que retumbó en toda la manigua heroica recibió aquellas palabras... al fin todo había terminado, Cuba era libre; ya no seríamos más esclavos... El tiempo iba pasando mientras los norteamericanos con una administración eficaz y certera nos iban abriendo el camino para ser República.Facundo Mapi licenciado del Ejército Revolucionario, guardó su machete y regresó al terruño de Oriente.
Cuando llegó, su corazón dió un enorme vuelco, todo era ruina y desolación; las altas yerbas que cubrían las otrora fértiles vegas, escondían lo que quedaba del antiguo hogar... Sabía Facundo que tendría que trabajar duro y sin descanso para volver a ganarse su sustento; tendría que levantar un nuevo hogar para la esposa y los hijos que ahora estaban refugiados en la casa de unos amigos en el pueblo; lo sabía; pero no se amedrentó, sino que con el corazón y el alma rebozando alegría y esperanza se dio manos a la obra... Y los meses pasaban para Facundo y toda su familia en un continuo bregar, en un bregar sin descanso, de sol a sol... pero con resultados ya que al año de su regreso estaban viviendo nuevamente en su hogar, modesto, pero levantado con sus manos, con las pencas y las yaguas que las palmas generosas le brindaron. El campo estaba ya sembrado, pronto iría con los frutos al pueblo... acaso hasta le compraría aquella muñeca que tanto le gustaba a su hija... o quizás no, sería mejor ropa para ellos, para la esposa.
Al fin llegó el día en que el Mercado del pueblo acogió todos sus productos: ¡Como reían todos con las primeras ganancias obtenidas! En el mercado vió a varios de sus antiguos compañeros de armas; hablaron de muchas cosas; sobre todo de los yanquis que hacía 4 años que estaban en el poder, tal parecía que pensaban quedarse para siempre con Cuba. No le gustaba aquello a Facundo Mapi. Se decía que el General Gómez pensaba sublevarse. Facundo oía y no le gustaba nada aquello...
Pensaba que Cuba en realidad no era todavía libre, que si se había librado del yugo español--yugo extranjero--, ahora pesaba sobre ella otro yugo --no menos extranjero-- el de los yanquis.
A Facundo no le gustaban los yanquis; lo desagradaban esos seres rubios y altos, de un hablar incomprensible, que miraban a los cubanos como seres inferiores. Se le antojaba que aquellos hombres que habían luchado junto a los cubanos en contra de España, consideraban a Cuba como un botín de guerra... Tal parecía que eran los nuevos amos, en vez de los amigos libertadores. Comprendía que eran diferentes en todo, a los americanos tropicales, a los de la tierra de la rumba y del ron. Pensaba que esas diferencias no sólo estaban en la lengua y en lo ético, sino también en lo más hondo del alma, del sentimiento. No dudaba que los yanquis nos despreciaban; que sólo tratarían de aprovecharse de nuestro pueblo, de comerciar con nuestros anhelos, de vender nuestras ansias; para luego dejar para siempre su dominación sobre nosotros. Así pensaba Facundo Mapi. Pero callaba...
Y llegó el 20 de Mayo de 1902.
Llegó la nueva República, la República libre y soberana por la que tanta sangre se había derramado, por la que tantas familias perecieron. Llegó el júbilo y el regocijo para toda Cuba. Pero también vino como un estigma a nuestra honra, como un mentís a nuestra soberanía la Enmienda Patt.
Facundo Mapi estaba avergonzado de Cuba y de sus hombres; de él mismo, de todos los que veían con los brazos cruzados cómo se nos ultrajaba, cómo los "libertadores yanquis" nos abofeteaban la honra y la dignidad. De cómo los grandes capitales extranjeros aprisionaban a Cuba, de cómo el dinero maldito de ellos lo compraba todo. Tierras.... vidas.... libertad....
Y nacieron los enormes latifundios azucareros; las grandes empresas extranjeras que exprimían nuestra Isla. Y volvió el guajiro a pasar hambre, miseria, a tener que soportar crímenes inmundos, injusticias. A soportar sobre su hombro el nuevo yugo económico de los rubios del Norte.
Mientras que los gobernantes de turno vendidos como una mercancía más al amo del Norte soportaban indiferentes estas injusticias.
Es que ¿acaso se había luchado en los campos de Cuba durante largos años para eso? ¿es que la sangre derramada por tantos cubanos fue para que ahora una jauría de criminales se aprovechen de Cuba?. ¿Se perdieron en aras de la Libertad tantas fortunas, tantas existencias apacibles y cómodas, para obtener en cambio éstos? ¿Huyeron padres e hijos de los senos seguros del hogar y de la familia hacia el campo de batalla para que ahora recojamos como única cosecha amarga tanta injusticia y atropello; para que detrás de la caña y del hierro que nos roban se vayan en macabra comparsa, el título del ingenio, la propiedad de la mina, de las tierras? ¿Es que nos libramos del yugo español a sangre y fuego, para enrolarnos como bestias --que pasan de amo a amo-- bajo el yugo yanqui? ¿Es esta la República de todos y para el bien de todos...? ¡NO! ¡NO! ¡NO! Facundo lo sabía bien. Lo sabían bien todos los campesinos. Pero ahogaban cobardemente su grito de rebeldía, mientras que los yanquis secundados por un nuevo Ejército a su mando, despojaban de las tierras cubanas, ¡a los campesinos cubanos! Le arrebataban todo a los que habían ofrendado su vida tantas veces por Cuba... ¡Todo!.
Facundo Mapi cuando por las noches, después de la incesante labor del día, se sentaba en el suelo de tierra de su bohío de yagua y guano, pensaba en todo eso. Pero no culpaba a los extranjeros, culpaba a los propios cubanos que permanecían impasibles, soportando estoicamente, ante tanto atropello.
¡Trataba de explicarse la razón de todo esto y no podía!... porque él sabía que no tenía explicación justa; ¡Pensaba en los enormes palacetes que se levantaban en las ciudades, contrastando criminalmente con los míseros bohíos de tierra adentro, palacetes que los nuevos ricos -los que habían vendido a Cuba - levantaban con el sangriento oro extranjero. Palacetes donde se urdían las más criminales confabulaciones en contra de los humildes; donde se comerciaba con el hambre de los hombres, cual mísera mercancía. Antros de demagogos y de bandidos; de traidores y de malos cubanos; de gobernantes que con su tolerancia bestial nos presentaban ante el Mundo como una raza indigna y servil, fatal resultado de una mezcla entre indio-negro y blanco. Lugares de vicio donde los generales de pacotilla, con sus pechos repletos de entorchadas medallas, cubriendo acaso la podredumbre de su cuerpo, secundados por una "aristocracia apergaminada" de espíritus torcidos, derrochaban a manos llenas lo que en la desierta mesa del guajiro faltaba.
También pensaba en los miles de bohíos como el de él. De suelo: la Madre Tierra. De techo: guano. Paredes: yagua. Donde todo era pobre, raquítico, escaso.
Y de adentro pensaba que esos debían ser los que dirigieran los destinos de Cuba. Verdaderos libertadores, ¡no abogaditos y niños mimados que nada sabían de las luchas cubanas. Los que permanecen fieles a Cuba. Los que rechazan el oro extranjero, aun cuando con él se coma bien, se vista mejor...
Y saltaban de sus ojos lágrimas de vergüenza, de deshonor, de frustración. Corría velozmente el tiempo. Un invierno terrible enemigo del pobre que no tiene los buenos abrigos ni las grandes pieles para cubrir sus carnes, martirizando la conciencia del padre que ve a sus hijos clamando por cosas que él no puede darles, cosas que sin embargo los malos tienen, y se las arrojan a la cara-- daba paso a un verano caliente y sofocante. Y así uno tras otro pasaban los años. Años de pobreza y miseria. Años en que los cubanos se disputaban el poder como una manada de perros hambrientos de lactar en el Tesoro Público. Años en que todo intento de civismo y de honradez quedaba trunco. En que el pueblo era cada vez más oprimido, más pisoteado.
Se rumoraba que pronto habría guerra en Europa. Que los alemanes la estaban provocando, mientras que los "amantes yanquis de la paz" trataban de evitarla. A Facundo le parecía aquello como una maquinación más de los rubios del norte. Maquinación que estrecharían aún más las cadenas que no estaban a sus pies. Parecía que era una guerra no por, la libertad del mundo, sino por la conquista de nuevos mercados de explotación, de nuevas "Cubas" donde asentar su influencia, pues en Cuba también habían venido en defensa de la libertad y sin embargo nos habíamos convertido en una factoría comercial más, una factoría de la cual habría que obtener grandes ganancias.
La guerra estalló. Inmediatamente comenzaron los grandes capitales norteamericanos a producir la materia prima para mantener la matanza, y el azúcar era importante. Era necesario producir millones y millones de toneladas. No importaba cómo. Había que hacerlo. Facundo Mapi tenía tan sólo una caballería de tierra. Pero era una tierra fértil. Facundo sabía que el dueño del Central deseaba esas tierras aunque nunca hubiera intentado poseerlas. Pero a Mr. Money -el dueño del Central- ahora le hacía falta hasta el último pedazo de tierra para sembrar caña.
Serían las dos de la tarde cuando Facundo Mapi --ocupado en su sembrado de papas-- vió aparecer por el trillo tres hombres a caballo. Cuando se fueron acercando distinguió a una pareja de guardias rurales y a Mr. Money.
Extrañado de aquella visita los esperó sobresaltado entre los surcos de su sembrado. --Buenas tardes Facundo --le dijeron al unísono los dos soldados.
--Buenas, señores- Qué se le ofrece --repuso temeroso Facundo, mientras se secaba gruesas gotas de sudor que le corrían por la frente.--Un negocio que viene a proponerle Mr. Money --dijo un soldado, esbozando una sonrisa cínica.--¿Negocio? No comprendo.--Sí, Facundo, tú vas a venderle tus tierras a Mr. Money.--Pero si yo no quiero vender --contestó lacónico Facundo.--Como no --Tú vas a venderle las tierras al Central en ...un peso-- dijo soltando una carcajada el soldado. Facundo Mapi lleno de ira y de odio hacia aquellos hombres que pensaban cometer tamaña injusticia con él, como lo habían hecho con otros campesinos; les dió como respuesta un NO duro y enérgico.
Pero aquellos cubanos mercenarios, aquellos malos hombres que ultrajaban a Cuba, sólo palanqueaban sus rifles --rifles pagados por los yanquis para matar en tierra cubana, a los que habían luchado por su independencia.
--¡Aquí está la escritura de venta, firmas o...!
Una lagrima de viento rebelde como él, meció los hirsutos cabellos de Facundo Mapi. Sus ojos parecían dos centellas. La boca contraída. El ceño duro. La cabeza alta. Con dignidad. Lleno de rabia y de furia Facundo Mapi desenvainó el machete que llevaba a la cintura. Vibró en su mano la hoja que antaño lo había hecho para segar cabezas de los opresores españoles en defensa de la tierra. Ahora también era en defensa de la tierra, pero serían cabezas cubanas las que segara; cabezas cubanas vendidas a un nuevo opresor, el yanqui. Lanzándose sobre aquellos seres repugnantes brilló el machete al contacto de los rayos del sol cubano. Pero fueron más rápidas aquellas manos lacradas que la honrada y justiciera de Facundo Mapi. Una descarga retumbó en aquellas lomas, una descarga llena de injusticia y de deshonra; mientras que todavía con el machete aferrado a sus manos, tambaleándose caía pesadamente sobre aquel pedazo de tierra el cuerpo inerte de Facundo Mapi; regando con su sangre pura y justa, con su sangre digna de hombre, aquellos surcos por los que había muerto...
Dícese que cuando cayó Facundo Mapi sobre los surcos queridos se oyó un lamento que inundó todas las serranías... ¡Era la Patria que lloraba por aquel hijo que había muerto luchando contra la opresión y la esclavitud! ¡Era la Patria que lloraba por Facundo Mapi! ¡La Patria que gemía porque se había ensangrentado con sangre cubana, surcos cubanos!
Y allí yacía Facundo Mapi guardando como póstumos recuerdos de este mundo lo que frenético agarraba entre sus manos. En una, todavía con el machete que momentos antes blandiera en defensa de la libertad y en contra de la opresión. En la otra, crispa sobre aquellos surcos - como si hubiera querido llevárselos consigo - un puñado de la tierra Santa por la que había ofrendado su vida.
Mientras, los pasos rápidos de unos caballos se alejaban sonando rítmicamente con las carcajadas de los jinetes y el llanto desgarrador de una madre y de sus hijos.
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