En el pueblo todos murmuran; en los cafés, sentados el tendero y el funerario, alrededor de vasos de cervezas, murmuran; en la seguridad del hogar cuando las viejas matronas se reúnen, después de sus quehaceres diarios, hablan en voz baja, de Rómulo, de su cambio; es la voz de la Concordia; todos hablan, todos murmuran; pero pocos o quizás ninguno saben lo que en realiad le ha pasado a Rómulo San Juan, si ahora ríen y murmuran maliciosamente, si lo supieran, bajarían la cara y la sonrisa sería un rictus triste, doloroso.
Rómulo era el preferido por las mozas de toda la comarca de Peña Alta, por su parte alto y distinguido, su sonrisa contagiosa y franca; con esa alegría, con esa dicha que siempre llevaba consigo.
Con sus 25 años Rómulo no había tenido todavía un romance serio, no había experimentado aún aquel jovial guajirito lo que era el amor, el amor grande, sagrado, que sólo se siente una vez en la vida, pues aunque había tenido relaciones con algunas jóvenes nunca había pensado en ellas como algo más que un pasatiempo alegre y divertido.
Pero el Mundo con sus giros y sus vueltas habría de poner fin a esta vida de juventud, de alegría para trocarle en una existencia amargada, de muerte, de odio.
Aquel día había ido Rómulo como siempre para el Ingenio Peña Alta donde él trabajaba como capataz a comenzar una nueva jornada de trabajo. Cuando iba cruzando el batey vió frente a la casa de Don Sebastián, el dueño del Ingenio y de casi todas las tierras aquellas, gran revuelo; había una actividad inusitada que rompía la quietud matinal del batey; preguntó, y Na Pablo, el buen negro que estaba con Don Sebastián desde que éste era un niño le contestó:
--E-que viene la iña Rosita de la-Bana, a pasá uno día aquí.
--Con que Rosita, ¡eh! -respondió Rómulo siguiendo hacia el Ingenio, sin mostrar mucho interés.
Rosita... Claro que se acordaba de Rosita, era la hija de Don Sebastián, que hacía ya casi seis años que se había ido para la capital y nunca más había regresado a Peña Alta; decía que estaba hecha toda una Señorita, que era bellísima, pero Rómulo nunca prestó mucha atención a estas habladurías, pues creía que Rosita era todavía aquella niña flaca como un "güin" y con la cara llena de pecas.
Pronto, muy pronto, habría de salir Rómulo San Juan de aquel error; pues cuando aquella tarde venía de regreso, todo lleno de sudor, para su casa, lo llamó Don Sebastián, "para que viera algo", le dijo.
Quitándose el sombrero, entra Rómulo en casa de Don Sebastián y éste le dice:
--Te he llamado para que saludes a Rosita, pues hoy vino de La Habana, te apuesto a que no la conoces, está cambiadísima.
--Rosita-gritó, llamándola.
Y ante Rómulo, como un ángel, como una visión magnífica, adorable, estaba una joven de ojos negros, grandes, insondables, de un pelo tan negro, y con una sonrisa tan hermosa que Rómulo no pudo articular una palabra.
--Ves -no te lo decía- dijo sonriendo Don Sebastián.
Al fin pudo Rómulo, desasirse de la impresión tan honda que había experimentado y le dice:
--Bienvenida a Peña Alta, señorita Rosa-.
Y ella clavándole los ojos como si le buscara el alma, le contesta zalamera:
--Gracias. Muchas Gracias, Rómulo.-
Aquellos dos ojazos negros que se le habían clavado muy hondo; aquella sonrisa jamás habría de separarse ya de la vida de Rómulo San Juan, pues desde aquel instante ya formaría parte muy unida, quizás demasiado unida, talvez demasiado en el corazón de aquel pobre guajiro de Peña Alta.
--Como Rosa hace tiempo que no ve esto, mañana la acompañarás y le enseñarás toda la Hacienda -le dijo Don Sebastián.
--Como usted quiera, señor- contestó Rómulo.
--Buenas noches señorita.
--Buenas noches, Rómulo, y no olvides de venir temprano pues tengo mucho interés en recorrer el campo.
Esa noche Rómulo no durmió; esa noche sólo pensó, pensó mucho, como jamás antes había pensado, y la única razón de sus pensamientos era Rosa, sus ojos, su boca...
Y allí estaba a las siete de la mañana, con su impecable guayabera blanca y pantalón de monta, esperando que la señorita se levantara para empezar a recorrer la Hacienda...
Al fin a las ocho se abrió la puerta y apareció Rosa; si cuando la había visto la noche anterior no había sabido que decir ahora que la veía a la luz, con un pantalón de montar y una ligera blusa que realzaban más su cuerpo escultural y bien formado, con su pelo negro meciéndose suavemente a los toques del viento mañanero se quedó absorto, contemplando aquella belleza de mujer...
Un "buenos días Rómulo" lo sacó de su éxtasis y atinó sólo a contestar:
--Buenas señorita Rosa.
Ya hacía como dos horas que estaban cabalgando por la Hacienda; le había enseñado los cañaverales, la frondosa arboleda que daba los mangos y naranjas más dulces de los alrededores, habían recorrido el Ingenio y ahora se dirigían hacia el río para descansar un rato.
Y entre las risas y las miradas provocadoras de Rosa, iba creciendo una pasión tal, un sentimiento que nunca antes había experimentado Rómulo San Juan e iba entrando sin darse cuenta en las redes de un amor prohibido, imposible, que habría de ser la perdición, el fin, el ocaso de su vida como hombre para convertirse en ese harapo humano que está allí triste y solo en el banco más apartado de la estación del Ferrocarril.
Hacía rato que estaban sentados bajo un árbol en las riberas del río, refrescándose después de la caminata que había llevado; estaba echada, en la verde y húmeda hierba a su lado. Rómulo mirándola mucho, amándola cada vez más, deseándola furiosamente...
Hablaban de cosas baladíes, hasta que Rosa volviéndose repentinamente hacia Rómulo le pregunta:
--¿Dime Rómulo no tienes ninguna novia?
Rómulo no contestó, solamente clavó más su mirada en Rosa.
--Vamos no te hagas de rogar -insistió Rosa.- Habla con franqueza; tú debes tener las mozas a montones, pues no eres mal tipo; eres joven, simpático, agradable.....
--Tú lo crees Rosa... Perdóname señorita Rosa si la he ofendido al tutearla y llamarla de un modo tan poco respetuoso, pero es que....
Ella riéndose, no le dejó terminar.- Vamos no sea tonto, eso no tiene importancia -¿No te tuteo yo a tí? ¿y te llamo Rómulo a secas?-
--¿Entonces puedo llamarla Rosa? -inquirió Rómulo.
--Claro, puedes llamarme como tú quieras-le respondió sonriente Rosa.
--Pero dime -volvió a insinuar Rosa- ¿de veras que tú no tienes novia?
Rómulo, acercándosele más a Rosa, como si acaso lograra con eso estar más cerca de su corazón, le contesta:
--No Rosa, yo no tengo ninguna novia, pues no he sentido jamás por ninguna amor, amor para formar un hogar, amor suficientemente grande para una esposa, para una madre....
--Pero ¿tú nunca has amado? -susurra Rosa.
--Sí, yo he amado, yo amo, amaré siempre, con loca pasión, con furia inmensa, pero... es inútil.
--Y ¿a quién tú amas Rómulo?
Los ojos de Rómulo San Juan habían adquirido un brillo extraño, sentía el corazón en el pecho como si tratara de salirse... Con voz entrecortada, suplicante, le dice:
--A tí... Rosa... A tí.
Como toda respuesta a lo que tan sincero había dicho, como única réplica a sus palabras obtuvo Rómulo una sonora carcajada que fue peor que le hubiesen fustigado el rostro con un látigo, y Rosa, la ojinegra que ama le dice:
--Pero ¿qué te has creído tú, guajirucho, que es lo que has pensado. Es que acaso creíste que yo podría corresponder ese amor, acaso pensaste que yo fuera tu esposa, que yo compartiera contigo una vida de hambre, de miseria, de privaciones: que viviera bajo un techo misérrimo, que me recluyera en estas lomas como en un Convento, a sufrir sinsabores y padecimientos contigo?...Tonto, mil veces tonto...
Y corriendo por el trillo al compás de sus carcajadas se alejó del río, se alejó de aquel hombre...
Rómulo no habló, no hablaría más, bajó la cabeza, como si quisiera que se abrieran abismos inmensos para sumergirse en ellos y con dos lágrimas de hombre corriendo por sus mejillas, se alejó sin rumbo, huyendo de aquel río...
Bullían en su mente miles de pensamientos, se le agolpaba la sangre en las sienes y entonces comenzó a comprender, la horrible verdad, la cruda verdad en la cual nunca había pensado y así sintiéndolo en su propia carne supo lo que eran las desigualdades, supo que entre el pobre y el rico hay una gran distancia, que entre ambos el mundo y la sociedad habían situado espacios infinitos y comprendió también que hay almas que se apasionan por el interés y la ganancia como las almas nobles se enamoran de la gloria y la virtud. Pues el oro es un deleite, nacidos para la usurea no son parientes ni amigos, ni ciudadanos ni cristianos y quizás ni hombres: sólo tienen dinero...
Desde entonces la vida no fue ya más para Rómulo San Juan alegría y dicha, no fue bailes y rizas porque allá entre la tempestuosa corriente de un río y la carcajada de una mujer, amada y odiada, quedó sepultada para siempre el alma, la vida de un hombre; el alma y la vida de ese que ahora todos murmuran, de ese que vive y no vive, de ese que tiene los ojos perdidos en la inmensidad de la noche, de ese que fue un hombre, de ese que fue Rómulo San Juan.

Luis Saíz

1ro. de marzo de 1954

Al final de este cuento aparece manuscrito con letra del propio Luisito, la siguiente dedicatoria:
Para la Dra. Estrella de Lamar de su alumno
                             Luis R. Saíz