Todo comenzó un día ya perdido entre las brumas del tiempo, cuando el pequeño riachuelo fue engordando poco a poco y se vió de pronto con alguna fuerza de agua; entonces le entró una extraña ansiedad de conocer mundo, de agotar fronteras, de beber distancias.
Y empezó su peregrinaje. Cruzó llanos y bajó precipitadamente por desniveles; fertilizó tierras estériles y llevó la alegría fresca de sus aguas a muchos hogares.
Al final, y también inesperadamente besó unas aguas amargas y azules, que en parte lo rechazaban y en parte le abrieron sus senos, como para tragárselo mejor.
Y quiso seguir su camino, como antes, descubriendo paisajes y besando rostros nuevos. Pero entonces ya no pudo más. La mole amarga y azulosa no lo dejaba. Todo su afán se quebraba ante ella. Y aunque no se dio por rendido, de nada le valió su tenacidad. Al fin comprendió que estaba condenado por siglos a la misma situación. Sería un río. Un río más, perdido, ahogado entre los miles que besan la tierra. Y lloró, con sus gruesas lágrimas rotas por el mar. Lloró con la fuerza única que daba su impotencia. Entonces se sintió eunuco. Castrado de iniciativas. Cosa estéril, sin más fin ni futuro que una ruta cansona y la mole inmensa y maluca de un mar decidido a no dejarlo avanzar.
En aquel momento decidió actuar como un río común, pero en lo más íntimo de su cauce seguían corriendo las aguas rebeldes que necesitaban sol distinto y gente nueva. Pero prefirió esperar, cruzando sus manos como una jesuita cualquiera, mientras rumiaba la venganza mejor.
Y otra vez lo conocieron valles y llanos, montañas y sitieras. Hogares tristes enturbiaron sus aguas con penas y volvió a la cuna olvidada donde un día se sintió río.
El mar reía contento, con la feroz risa de un dominador, con la secreta complacencia de quien frustra la esperanza de otro.
Y el tiempo fue volviendo viejo el río frustrado, mientras la mote turbia y amarga seguía riendo su triunfo.
Pero quien un día tuvo sed de lejanía, y ansias de horizontes distintos, bien poco puede soportar la cruel existencia de un río burgués. Y esperó.

Luis Saíz

Noviembre de 1956