Está haciendo un poco de frío. Estas "cabezadas" son un poco "friolentas". Será por el agua. Yo creo que el frío se debe al frío. Y el agua no tiene nada que ver. ¡Hay tantas cosas que no tienen relación con otras! Eso mismo le digo yo a Antonia cuando está a mi lado. Ella me abraza poco a poco y me habla entonces suavemente: "Anselmo, no seas tan inteligente, recuerda que nadie debe saber tu secreto... Yo por eso me callo y dejo que la gente murmure y hable por gusto. ¡Y como me río al verme solo en las "cabezadas" del río esperando a Antonia! ¡Me río de esa gente cuerda del pueblo, que no sabe nada!. Unos piojos que tengo desde niño en la cabeza no hacen más que molestarme. Sin embargo yo los quiero. ¡Después de todo, ellos también tienen de mi sangre!... Anoche cogí uno grandecito y estuve jugando con él. Lo puse en la palma de mi mano y hablamos largo rato, de la vida, del amor, de muchas cosas. Me resultó un buen amigo, sobre todo un amigo fiel: pues cuando yo me puse bravo, él se cayó y con eso me dió la razón. ¡En verdad que no todo el mundo tiene un piojo tan inteligente como el mío...! ¡Por eso me río tanto cuando oigo a la gente burlarse de mí!.
¡Si ellos supieran! Pero que va, ¡nunca sabrán!... para poder saber eso, hay que tener cinco dedos en el pie izquierdo, como yo ¡que risa me dan los pobres...!
Antonia demora hoy más que nunca... ¡tiene tanto trabajo! Pues si no lo saben ella tiene que recorrer el mundo entero. ¡Hace feliz a tanta pobre gente!

Pero no quiere a nadie más que a mí, ¡yo soy "su" Anselmo! ¡Yo la espero noche tras noche, solo, contando mis dedos, en las cabeceras del río... Y todo el Mundo no puede hacer eso. Antonia lo sabe y se ríe cuando yo se lo digo...
Hoy por la mañana fui a una fiesta. Todos mis amigos estaban allí.
¡Yo tengo tan pocos! Pero eso sí, todos son fieles y buenos. Yo los escojo y creo que es mejor pocos buenos a muchos malos. La gente dice que yo estoy loco. Antonia se ríe cuando yo le cuento eso. Yo entonces lloro y me revuelvo en la tierra prieta... ¡es tanta mi alegría!... ¡es tan sabrosa la tierra!...
Hoy no sé que me ha pasado. Por más que cuento mis dedos siempre me salen cuatro dedos nada más. Uno... dos... tres... cuatro. ¡Cuatro dedos! ¿qué me pasará?... Tengo que volver a empezar. Si Antonia llega y ve que mi secreto no existe, creo volverme loco. Además la perdería... ¡yo la quiero tanto como a mis piojos!
¡Uno!... ¡dos!... ¡tres!... ¡treinta!... ¿va el treinta? ¡Claro!. Todos son números. Pero, ¿y mis cinco dedos también son números?... Eran cinco y ahora digo treinta. ¿Qué ha pasado?... Hoy tengo un día malo. ¡Mira que perder yo mi secreto!... Debe ser el viento que está disgustado conmigo. Sin razón. Lo juro. Después de todo él tuvo la culpa. Ya Antonia se lo dijo anoche. Pero él sigue bravo. Y ahora me hace esto ¡me ha robado el dedo cinco!. Y el muy maldito me ha dado un dedo treinta. Tengo que encontrarme con él. ¡viento! ¡viento! no seas malo. Devuélveme mi dedo... ¡Anda!... ¡Devuélvemelo!... No responde qué se va a hacer... Uno... dos... tres... treinta-treinta... Ahora tengo ganas de llorar. Si mis amigos me vieran, ¡Que pena!... ¿y Antonia? Ojala que se demore. Así puedo encontrar mi dedo. ¿Sabe usted lo que es tener cinco dedos en el pie izquierdo y perderlos de pronto?... Quizás no comprenda. Después de todo ustedes están cuerdos y viven en el pueblo. Además no son "yo", ¡qué caramba! Ser "yo" es algo muy importante.
El frío sigue siendo frío. Yo pienso por qué no será caliente o tibio. Sin embargo es frío, tan frío como una nube enamorada, ¡y mira que son frías!... Yo estuve una vez enamorado de una nube. Varias noches hablamos, pero después me olvidé de ella... ¡era tan fría!... Ahora Antonia es mi novia. Y a ella si la quiero, después de todo sabe mi secreto. Saludo cortésmente a una pequeña lagartija que pasa rumbo a su casa. Somos amigos desde la infancia. Ella vive aquí en las "cabezadas" y noche tras noche, mientras yo recojo pequeñas flores para Antonia, nos saludamos. Yo soy muy cortés.
Siento que Antonia se va acercando. Una nube gris ríe encima de mí. Siempre ríe cuando Antonia llega. Me apresuro entonces a salvar el secreto. Van abriéndose en el río unas heridas pequeñas. ¡Está Antonia siempre tan alegre! Son heridas pequeñas que se extienden por todo el río. Ya casi no me doy cuenta., Estoy tan atareado contándome los dedos.
Una nube prieta y odiosa grita llena de ira ¡Hay tantas nubes malas en el mundo! Yo siempre le digo a Antonia que no ande con ellas. Pero no me hace caso. Sólo se ríe y me acaricia con sus manos húmedas.
Hoy su beso fue más húmedo que nunca. Me llenó todo el cuerpo. Me pegó más a la tierra. Me cubrió de hojas secas arrastradas en su cuerpo turbio y frío. Corrió con más fuerza hasta mis cinco dedos del pie izquierdo. Ya Antonia estaba junto a mí. ¡Era mi novia! Yo vivía más alegre porque el secreto seguía siendo mío. Apresuradamente contaba mis dedos, mis cinco sucios dedos del pie izquierdo, llenos del amor de Antonia. Eran cinco, ¡cinco dedos!... Nos reímos alegres mientras nos revolcamos abrazados encima de la tierra mojada, hasta llegar al río herido con sus pequeñas lanzas.
Mis cinco dedos seguían siendo cinco. ¡Y señores, no todo el mundo tiene esa dicha!...

Luis Saíz
Enero 2 de 1957