Era un compacto bosque de pinos. Verdes como sus ojos. Alegres como su risa. Pinos altos y esbeltos en ágil plática con el viento. Era un compacto bosque de pinos, verdosos y alegres.
Y yo la amaba junto  a los troncos. Yo la amaba ajeno a todo.
Y cuerpo, y labios y vida y pinos se me habían hecho un solo nombre: ¡ella! Y yo la amaba feliz bajo los pinos verdes.
Tenía en el pelo pequeños trozos de los troncos altos, y respiraba el aire puro que corría entre los pinos y por entre nuestros cuerpos, todo llenos del verdor y la alegría de aquel monte compacto y alegre.
Miguel...
¡Sí!
Amame mucho más...
Y unos pájaros pasaron riéndose por entre los árboles. Y alguien le dijo al viento que silbara más aprisa. Y supo el tronco amigo que los dos nos amábamos sobre la tierra prietuzca, olorosa a vida y a sexo de mujer hermosa...
Y nos amamos lentamente. Con la prisa de un reloj cansado y seguro. Con la seguridad de una marea alta. Con frescura de arena amarga y caliente de playa lejana.
Pero todo no fue amor bajo aquellos pinos, hubo un tiempo... "...y se casarán con toda pompa el próximo día cuatro de abril.  Que sean felices los futuros esposos es el deseo del cronista..." Yo lo leí casi con asco. Los ojos vidriosos y un sudor agrio me delataron en toda su crudeza el dolor que sentí. Lo leí una, dos, tres... mil veces...! ¡No sé cuántas! Ya casi podía recitar letra a letra la burgués crónica social del pequeño periódico aldeano. Lo podía recitar, comérmelo si se me antojaba, pero, por más que hiciera, no podría amarla. Se casarían "con toda pompa el próximo cuatro de abril...", se casarían "con toda pompa el próximo cuatro de abril..."
Y apreté furioso el papel.
Alguien me gritó al lado. Yo no me moví. Seguía silencioso sentado en el barandal del puentecito que lleva al pinar.
Volvieron a gritar y yo seguí quieto, mirando romperse el agua encima de unos pedruzcos enmohecidos.
¡Miguel!... ¡Miguel!
¡Ven!
Y la última palabra se rompió en cien ecos distintos sobre las copas de los pinos, testigos verdes al otro lado del río.
Y entre las ondas del agua correntona vi. los ojos de ella y sentí sus labios abiertos sobre la piedra mojada de río y vi las frases del periódico que bailoteaban burlonamente ante mis ojos, y oí entonces el eco de la última palabra: ¡Miguel!... ¡Miguel!... veeennn!...
Y las manos duras se agarraron del barandal que tembló como virgen en entrega.
Y juré que iría.
Mi pueblo es uno de tantos. Sacado a papel carbón. Con callejas tortuosas y vecinos
tranquilos. Gente de cara fácil y mente cajón. Buen lugar de burgueses y burócratas, nada
rompe la calma bajo su cielo aldeano. Todo es preciso y metódico, como la oncena
campanada a la media noche.
Era un pueblo de tantos que se ahogan a la orilla de los caminos perdidos, los valles tímidos y los ríos buenos.
Pero yo era distinto y además la amaba. Ella también; ¡yo estaba seguro!, porque sus ojos me lo habían dicho muchas veces. Sin embargo, todo se había opuesto y era una locura intentar romper los moldes vetustos y las tradiciones apolilladas de la aldea. La boda llegaba y ella se casaría con el otro. A pesar de yo ser distinto y amarme ella...
Bajé decidido aquella noche a cualquier locura con tal de hablarle. De saberla cerca y
perderme en sus labios con el sabor único de lo prohibido y amado.
Los zapatos se me iban llenando del polvo seco que tenía el camino, pero me importaba poco. Sobre los pantalones duros de trabajo iban bailando mis manos como dos bailarinas fracasadas en escenario barato de los muelles.
Más que cansadas, con el cruel bochorno del fracaso. Todo mi yo se sentía así. Pero la boca me gustaba demasiado a ella y aún llevaba entre los dedos como tratando de ahogarlo, el ajado papel seco e hipócrita del periódico local.
Llegué al pueblo y seguí caminando pesadamente por la destruida acera de la calle principal. Al final vivía ella. Y al pensarlo pisé con más fuerza las piedras destrozadas por los años, para que ellas también lloraran con mi dolor...
Me la encontré recostada al ventanal de maderas duras que da a la calle. Nos miramos y quise perderme entre sus ojos, entre su abanicar de pestañas negras como la muerte. Pero ella me detuvo con un gesto.
Yo entonces me contuve y quedé como perdido frente a ella, con las manos dormidas y los ojos llorosos...
Ella me dio entonces un poco de su frescura y de su alegría al mirarme fijamente sin decirnos nada, sin un gesto, sin intentar la dulzura de un cariño. Sólo mirándonos...
La brisa suave fue trayendo la tarde, que se iba colando por entre las callejas tortuosas como huésped inesperado.
Y el tiempo moría segundo a segundo sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. La tarde reinó por sobre nuestras miradas y me obligó a perderla.
María...
Miguel...
Mañana... ¡en el pinar...!
Miguel... ¡escúchame...!
Pero yo también me había perdido con el tiempo, y huía calle arriba temeroso de que la noche pudiera arrebatarme un trozo de sus ojos.
Entré en la taberna del pueblo. Humo y hombres. Vino y ocio entre risas de agricultores y "señoritos". Taberna de pueblo perdido y burgués.
Pedí vino. Entre dulzón y amargo. Zumo oscuro.
Bebí con prisa y la lengua se me emborrachó de pronto ante el zumo oscuro de taberna. Y quedé callado para no gritar que ella me amaba.
En el fondo estaba "él".
Risotadas vulgares venían rodando desde su mesa y me golpeaban en la mejilla como fuertes trompadas. Estaban de seguro festejando la futura boda. El era un campesino bruton y rudo, dueño de una pequeña tierra más allá de los pinos. Y hoy festejaba entre risas de borracho y humo de cigarros malos la alegría de poseer una hembra que debía ser mía, pero que no era.
Y quise robarle la risa y huir con ella para que viviera triste, para que no siguiera golpeándome el rostro con su alegría francota de futuro esposo, pero no pude porque el vino me emborrachaba la lengua y porque ella iría mañana al monte de pinos, más allá del río.
No dormí. Me pasé la noche hablando con las estrellas, tratando de sacarles un pedazo de palabra. Pero permanecieron mudas, ajenas y más distantes que nunca. Les grité con voz desesperada que ella amaba, que sería mía, pero, ¡no contestaron nada!. Seguían frías, perdidas allá en lo alto como si temieran ser cómplices. Miedosas de perder la luz, de que algún aldeano grave y rudo las apagara como castigo.
Yo me reía hasta más no poder de las estrellas miedosas, de la noche escondida, de la gente del pueblo, de "él", de "mi". Y lloré por ella.
Me fuí perdiendo entre los pinos. El aire puro llenaba los pulmones y me iba dando algo más de vida y esperanza.
Miraba hacia lo alto y sólo sentía el eterno diálogo de tronco y viento, con esa grandeza del viento bueno y los troncos alegres. No estaba seguro si ella vendría. Dudaba y necesitaba que alguien me diera un terrón de seguridad; pero los pinos al igual que las estrellas estaban taciturnos. Y seguí solo perdido entre su verdor.
No sé cuándo la tuve cerca. Sólo sentí unos pasos callados y unos dedos fríos y suaves
que tocaron mi hombro.
Nos sentamos entonces sobre la tierra llena de hojas muertas y pequeñas semillas de pinos
olvidadas por la tierra. Estériles.
No sé si estaba a su lado. Oía su voz como una cadencia olvidada de esas que ya hemos
perdido la esperanza de volver a escuchar. Yo no hablaba. El viento y los troncos detuvieron su diálogo eterno. Sólo ella hablaba, bajo los pinos verdes y bajo mi mirada triste.
Sólo ella...
Y todo se volvió mudo de repente y nadie tuvo más obligación que escucharla.
¡Comprendes!...
Miguel... ¿Comprendes?
Pero yo no comprendía ni quería hacerlo.
No... ¡No comprendo!...
Los troncos escamosos de aquellos pinos alegres tampoco comprendían.
Yo los sentí de aliados y me vi fuerte. Y dije otra vez:
No... ¡No comprendo!
Y todos seguimos callados. Y sólo ella hablaba.
Pero las hojas muertas que nos servían de asiento. Y el viento. Y los pájaros que pasan silbando, con sus alas anchas llenas de Mundo, por entre nosotros. Y los pinos verdosos estaban de mi lado. Y el amor también estaba conmigo.
Sólo el pueblo, el periódico, un campesino tosco de vientre ancho, y unos cuantos siglos
de tradición estaban en contra.
Cuando ella cesó de hablar yo se lo dije. Y entonces ella lloró, porque también estaba de mi lado...
Y volvieron los pinos a reírse, y lanzaron su verdor como un reto de vida hacia el pueblo muerto y unas golondrinas buenas llevaron en sus picos la noticia nuestra. Y todos reían, mientras nosotros sobre las ramas caídas, unimos los cuerpos para amarnos bajo el sol.
Y en la casita blanca que está al final de la calle hay rostros llorosos y alguna beata, cerrada en negro, murmura escandalizada. Y un campesino, rojo de sol y bochorno, trata de perderse por entre las piedras marchitas en años.
Y, más allá, en los pinos verdes, la esperanza de vivir se riega alegre...
Miguel...
¡Sí!
Ámame mucho más...

Luis Saíz

Abril de 1957