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LOS CIELOS DESIERTOS DE VIDA


¿Quizás el Gobierno?... --intentó decir con una sonrisa que se rompía extraña en la oscuridad del bohío.
No lo crees, Máximo?...
En su voz llevaba toda la cadencia de una súplica; la humildad de un rezo, la honda necesidad de aliento...
Pero el hombre no habló. Seguía polvoriento y cansado, con el "taburete"  recostado  a la
pared del bohío, mirando la tierra cuarteada y reseca que acariciaba con sus ojos enrojecidos.
Seguía como una estatua. Inerte. Como si las carnes se hubiesen hecho de piedra y los huesos fugados de aquel cuerpo abatido y roto.
Ana Dorrego puso sus manos, amigas de tantas "bateas", conocedoras del trabajo duro, sobre los hombros firmes del hombre.
Y apretó sus uñas por sobre la camisa sudada. Y soñó con sacarle sangre para que gritara, para que abandonase por un momento la realidad de la apagada sequía.
Pero la piedra no sintió el rasguño. Y los ojos siguieron solos, porque ni una lágrima picantona quiso salir para alegrar la sabana curtida de sus mejillas.
Y así estuvieron hasta que la noche se hizo dueña absoluta y en su afán de mando apagó las estrellas con crueles cadenas de oscuridad.
Entonces Máximo Roblán dejó caer pesadamente su cabeza en las manos de la mujer que lo acariciaba temblorosa y suave.
--¡Ana!... ¿Y Dios?... ¿No nos estará viendo?...
La mujer besó los labios sedientos de Máximo para apagar en ellos la protesta, temerosa en su sencilla creencia de molestar a Dios.
Y mordió sus labios fieramente para hacerlo olvidar como hembra y amante toda la rudeza de la realidad.
¿Y Dios Ana?... ¡¡Y Dios!!...
Un nuevo beso. Una caricia más sobre el suelo duro del bohío, respuestas únicas de Ana.
Y a cada reclamo angustiado de Máximo el silencio pegajoso del cielo. La fría respuesta del polvo malo que se perdía campo abajo.
Y el cuerpo del hombre con los ojos enrojecidos cedió a la mujer que luchaba por hacerle olvidar que vivía; y lo amargo del vivir corrió por entre las ancas de Ana.
La tierra estaba amarilla por la falta de agua.
Las pocas matas que aún quedaban en lucha contra la naturaleza, eran como raíles de un ferrocarril perdido sobre los terrenos secos.
Cosechas enteras morían sin que la esperanza de un chorro salvador llegara. ¡No había agua!,,, ¡y tampoco riegos!...
Los más viejos no encontraban entre los vericuetos de sus recuerdos un año igual. La sequía, azote del campesino pobre, se gustaba en todo su afán de daños, sin que una sola nube viajara por los contornos.
Sólo polvo. Seco. Amarilloso. Desolador.
¡Sequía maluca y desesperante!
Y el hambre llegó fácil y querendona, a cebarse en los bohíos.
Y unos huesos nuevos aparecieron como traídos por la "seca" en los rostros agrios. A ver el mundo roto que crea la sequía.
Y los huesos vieron una tierra sedienta, amargosa. Amarillosa de polvo, mata muerta y fruto trunco.
Laxos los cuerpos; respirando hondo y pensando más hondo aún, estaban Máximo Roblán y Ana Dorrego, encima del camastro.
Tenían todo el sosiego del amor terminado. De los cuerpos recién amados.
El polvo se confundía con la noche que entraba por las ventanas del cuarto, y se posaba conquistador sobre los cuerpos desnudos...
Máximo...
-- ¿Me oyes?
El roce de la mano callosa sobre los muslos oscuros, le dio la certidumbre de que estaba oyendo.
Y siguió con voz apacible:
¿Tú crees que se podrá salvar algo de la cosecha?...
Lo necesario para comer... ¡no pido más!...
¡Dime...! ¿Se podrá?
Ella bien sabía cuál era la verdad. Pero quiso tener derecho a una esperanza.
El "no" cortante de Máximo le arrebató cualquier pensamiento grato.
-- ¡No Ana!... ¡Todo se ha perdido!
Y dijo esta última frase con una extraña sonrisa en los labios llenos de besos...
Aquel año esperaban tener el hijo. Y si la cosecha resultaba buena, arreglar la casa.
Pero vino entonces  "la seca". Y mató al hijo. Y mató la casa. Y se llevó entre las manos toda cosecha.
Se llevó como un avaro. Sólo dejaba un polvo amarilloso y una tierra cuarteada y sedienta.
Máximo Roblán se sentía feliz de trabajar una tierra que era suya. Feliz no siendo esclavo de nadie, de no depender. Solo. Victorioso en tierra propia.
Por eso quiso una hembra suya. Y la tuvo.
Y casa propia. Y la hizo con sus manos.
Y ahora quería un hijo a quien mimar. Y una buena cosecha. Y felicidad. Pero no pudo porque le salió al paso  un amo nuevo y poderoso.
La sequía lo dominó con sus garras desiertas de vida.
Y hubo que soportar entre el polvo malo y la tierra infecunda.
Pero él no era hombre de resignación fácil y si otros doblegaron pronto la espalda y huían de la tierra propia para vender los músculos a nuevos amos, él no lo haría.
¡No lo haría!...
Y tenía la fiera decisión de todo un hombre. La entereza de una mole de piedra.
Y pidió ayuda en las fincas vecinas. Tocó muchas puertas. Solicitó auxilio a tantos hombres. Siempre con la dura firmeza de un decidido.
De quien no está dispuesto a dejarse vencer.
Y alguien le dió un poco. Y otro le dio más. Y aquel lo ayudó a regar un día.
Y fue logrando líquido que soltaba avaramente sobre las raíces sedientas; luchando por el agua que el cielo le negaba.
Pero llegó el día que no encontró más puertas abiertas, ni amigo dispuesto, ni hombre que ayudara. Todos se habían contagiado con la sequía implacable que abrió la tierra en mil trozos.
Y el agua negó su dicha, egoístamente.
Entonces Máximo Roblan comenzó a clamar infructuosamente:
¡Y Dios Ana!... ¡Y Dios!...
El cielo estaba ganoso de nubes. Pero también era importante.
La infinita limpieza de un cielo vecino, lastimaba el horizonte, que ahora se antojaba más prohibido.
Ojos rojos rompían el cielo en busca de nubes. Lo explotaban de un lado a otro con la vana idea de un punto prieto. De un punto con lluvia.
Pero no lo había.
Y entonces Máximo hundió los ojos, ya hastiados de tanto viajar infructuoso, y los dejó caer sobre el suelo.
Y lloró en balde. Porque no tuvo ni la delicia de una lágrima para dejarla perderse por
entre las raíces retorcidas de las plantas. Ni eso logró. Secos como la tierra estaban sus ojos.
Las matas huérfanas se iban durmiendo penosamente, con sus hojas grandes y los tallos rectos; y la mano de Máximo que luchaba por tenerlos erguidos era poca para detener la caída de aquella cosecha derrotada.
Vano todo como una luna desafiando el Sol.
La aridez de la tierra se iba metiendo en los cuerpos. Los hacía ásperos, con toda la piel resentida y enferma.
Con un gusto desabrido en los labios y una idea martillante en la mente.
Ana Dorrego notaba como la sequía cambiaba a los hombres. Los ponía lentos e irritables. Les fruncía el ceño y entristecía la risa, ahora escasa.
Máximo Roblán no tenía otro pensamiento que el agua, y se pasaba los días enteros mirando el cielo desierto. Soñaba con ella. Despertando a veces por el ruido sin ecos de una lluvia que no llegaba.
Y así iba pasando el tiempo en los bohíos derrotados, sin la esperanza de una mísera gota de agua para la tierra ansiosa. Y para los hombres que padecían sobre ella.
¿Y a cómo pagan en esa Hacienda...?
Pues cuarenta "kilos" y la comida...
¡Eso nada más!...
¡Y qué quieres, Máximo, nos morimos de hambre...! ¡La seca no tiene pa' cuando acabar!...
¡Pues yo por eso no me vendo!...
¡Antes pasaré hambre...! ¡pero no me vendo!
Pero un día no pudo más.
Y llegó el hambre.
--¡Máximo!... ¿Qué comemos hoy?...
--¿No hay ni vianda...?
--¡Nada...! ¡todo se acabó!...
Y salió con paso firme hacia los camellones de tierra que el sol había levantado. Pisaba seguro con sus zapatos altos, mientras recibía en el rostro la caricia de una briza raquítica.
Allá al final del lote conservaba como naufrago varias pequeñas matas de maíz, con la esperanza de poder salvar algo. Eran unas matas valientes como el dueño.
Llegó hasta ellas y tomó dos mazorcas enclenques, pintadas de un amarillo falso.
Y viró rumbo al bohío para que su hembra comiera.
Y otro día llegó en que sólo quedaba una mata pequeña y casi vencida.
Y Ana Dorrego se lo dijo temerosa, frente al fogón apagado.
Hundió las rodillas alrededor del tallo desafiante y lo tocó como hubiera mimado al hijo que la sequía le arrebató, y sin saber de dónde, la tierra recibió un poco de frescura.
Ese día no se comió. Pero Máximo y Ana soñaron que una mazorca enorme había crecido en la planta canija y que los dos comían contentos los granos amarillos como el oro.
Y durante varios días cuidó la planta pensando en su hijo frustrado.
Hasta que despuntó una mazorca temerosa por entre las hojas largas. Por eso hubo risa en el bohío oscuro. Por eso se amaron Ana y Máximo con mas amor que nunca, pensando en el próximo día y en la mesa rústica llena de los granos amarillos que habían vencido a la sequía.
Pero el viento era demasiado maluco.
Y la tierra estaba muy cansada.
Y había una sed que cortaba en los terrones resecos.
Y cuando en lka mañana corrió Máximo hasta el confín del lote, encontró ogonizando a la mazorca, víctima del viento malo, de la tierra cansada y la sed que cortaba.
Quiso entonces agotar toda su fuerza para que aquella mazorca viera mundo. Y tuvo en las manos los ojos alegres de Ana. Y pensó que no podía defraudarle.
Y con la hoja afilada del cuchillo macho quebró venas y deshizo arterias de granos amarillos como el oro...
Y se regó pegajosa la sangre colorada encima de los surcos amargos, para que aquella mazorca endeble abochornara al polvo que cabalgaba sobre el cielo...

Luis Saíz
Mayo de 1957.

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