Un vaho hipócrita de incienso, mezclado con sordas letanías y rezos apagados, me llegó hasta la puerta.
Yo me senté con calculada indiferencia en un oscuro rincón y esperé.
Una ráfaga de arterosclerosis pasó cubriéndose con una negra mantilla tan costosa que una familia pobre estaría comiendo con su costo varios días, y se sentó frente a mí. Sacó con devoción netamente beata y senil unos largos ríos de cuentas negras y empezó a mojarse sus apergaminadas manos con la falsa humedad de aquel río ajeno al mar.
Yo entonces no pude menos que reír.
Y como si estuviera en la calle lancé una corta carcajada que desgraciadamente se ahogó entre humos de incienso y sirios sagrados.
Yo me reía con la seguridad plena de quien está convencido, pues de un tiempo acá había comprendido que la Luz no era tan pura, sino que en verdad tenía manchas. Que nos llegaba turbia...
Yo era uno de los tantos. Me ahogaba en la vida sin arrugas de un buen burgués. Y cada noche dormía contento esperando que llegara otro día igual para seguir mi existencia de papel carbón. Era un hombre bueno, feliz y alegre de vivir como un adocenado.
Ya no, ahora alguien me ha hecho comprender la gran mentira de esas vidas apagadas, llenas de cuello duro, sueldo ovejuno a fin de mes y alguien que no de Luz.
Ya no... ¡Ahora sé que la Luz nos llegaba turbia!.
La basta se pone en pie y con gruesas lágrimas rodando por las mejillas sigue mojándose las manos en ese río estéril, sin vida, sólo de cuentas negras que tiene entre ellas. Pienso que hasta en ese acto tan insignificante se ve el afán de viciar voluntades, de anular la personalidad, haciendo que el hombre confíe todo a unas cuantas negras, y unos rezos confusos.
Este cuento no aparece fechado por Luisito
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