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Aprenda del pensamiento político de Sergio y Luis Saiz Montes de Oca.


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UN EXTRAÑO DE AZUL


Oía el ruido de las ventanas y las puertas que se cerraban al paso de la muchedumbre. Miraba a los lados y sólo veía cuerpos sudorosos que marchaban llevados por un extraño frenesí, presos de un mismo aliento, de una misma idea... Quiso salirse de aquel mar de hombres y no pudo. Lo ahogaba aquel aire caliente y no podía huir.
Doblaron hacia el Parque de los Mártires. Los bustos de los grandes hermanos caídos en las luchas del Pueblo, parecía que saludaban con sonrisas de mármol, risas y adioses de bronde.
Alguien gritó a su lado, pero Carlos no lo oyó; trataba infructuosamente de pensar...
Las duras fachadas de los edificios semejaban enormes bloques de concreto sin vida. Parecían agujas tratando de rasgar lo infinito, de devorar abismo. Ni una cabeza en las ventanas. Puertas... ventanas... corazones... ¡todo estaba cerrado únicamente se oía el ruido de aquellos hombres que corrían calle abajo...
Carlos se sintió solo, abandonado sobre aquel banco del Parque, con miles de ojos clavados en él.
Alguien hablaba. La muchedumbre enloquecida gritaba... ¡gritaba sin cansarse!
Un desesperante silencio retó al viento.
Carlos oyó una voz profunda, con sabor de eternidad... ¿quién era?... ¿qué decía?... Todos gritaban y aplaudían menos él, que estaba inmensamente solo encima del banco...
Oía claramente: "Y esos hombres que llevan en su vida una sola divisa: Saquear a mansalva el Tesoro Público, son los mismos que hablan de Libertad; ellos que tienen las manos ensangrentadas y sucias de oro, que se burlan de las leyes; ELLOS, los mercaderes del hambre, tratan de esconder la joroba moral que los señala...
¡GENTE DE LA BREGA OSCURA!... ¡HERMANOS!... Basta ya de burlas sangrientas. Es la hora de redención. ¡Pan para el hambriento!... ¡Tierra para el desheredado! ¡Justicia para el escarnecido!..." Carlos oía como rugía la multitud; y oía también aquella voz quemante como un aliento de vida.
"¿Hasta cuándo nosotros, los humildes, los que nada tenemos, soportaremos el yugo de los lacrados, de los frailes malos, del militar mercenario, del politicastro corruptor?...
"¡No más política de cuartel, de sacristía, de club aristocrático!
"¡Paso al pueblo, al bohío humilde, al taller laborioso! ¡Paso a la Cuba nueva, revolucionariamente pura".
Manos extrañas ajaron su cuerpo y avanzaron por la calle. Trató de gritar, de pedir que lo soltaran, pero era inútil... tenía la garganta seca, como quien ha gritado con mucha fuerza, como quien ha hablado mucho.
A su alrededor hay un corajudo sembrado de puños en alto, de gritos iracundos, de corazones dispuestos.
Un mismo aliento de salubridad moral inunda la manifestación, que grita con fuerza: ¡ADELANTE!... ¡ADELANTE!
Unos cartelones aparecen como sacados de la tierra. Carlos lee:
¡Abajo el imperialismo!... ¡Fuera la Opresión!... ¡Mueran los ladrones!
Y no comprendo qué hace él en brazos extraños, que lo aclaman como a un jefe.
Quiere pensar en algo, pero no puede; y sin saber por qué, grita él también como si en ello le fuera toda la vida...
El calor es cada vez más sofocante.
¡Suda!... Suda como si fuera a derretirse...
Ya han dejado atrás la Colina Universitaria, van entrando poco a poco, ante la sorpresa de los curiosos y con música de puertas y ventanas cerradas en la Avenida General Morales. Carlos piensa en los miedosos que se esconden como viejas chismosas, y tras las ventanas atisban hacia la calle: ¡Cobardes! ni a mirar se atreven. Y se extraña de aquel pensamiento que no comprende. ¡Suda!... ¡Suda!... ¡Se desespera!... ¡Avanza la multitud! De pronto se detiene.
Carlos se ve en el suelo. Sigue sin comprender. Necesita pensar. Huir de allí. Pero no puede. ¡Ahora ya no quiere!...Oye un grito que surge de sus labios: Muerte a los sicarios. Y no lo comprende. Ve entonces en la esquina, varios hombres vestidos de azul, revólver a la cintura, gorro militar. ¿Quiénes son?... ¿qué hacen?... ¿por qué los odia repetidamente?...
Y se ve avanzando primero despacio, luego más rápido, ahora corre hacia los extraños hombres de azul, que tal parece lo esperan. Carlos quiere detenerse a preguntar, pero ya es tarde...
Trata de secarse el sudor que le corre por el rostro. Es un sudor caliente, viscoso. Se lleva el pañuelo a la frente y, ¡cosa rara!, está rojo.
Siente una enorme opresión en la cabeza. Mira a sus lados y ve cuerpos que ruedan abrazados.
¡Oye un tiro...! ¡dos! ¡varios seguidos!
Y Carlos no sabe por qué, pero siente odio.
--¡Me he vuelto malo! --piensa entonces.
A su lado uno de aquellos hombres de azul y gorra, esgrime una estaca. Está de espaldas. Carlos se le abalanza y caen rodando los dos al pavimento ya lleno de sangre, teñido de incomprensión y terquedad... El sudor rojo le cubre la vista. Se ve en el suelo. Oye gritos y tiros. A su lado yace un hombre vestido de azul, ¡el que lo agredió?...
No sabe.
Está de bruces y parece muerto.
Carlos lo va virando poco a poco.
Con el pañuelo se seca aquel sudor rojo. La cabeza le duele horriblemente. Está herido.
Se fija en el hombre... en su rostro. Es un policía; y se ríe triunfalmente pensando que acaso pudo haber caído él.
Pero, cosa extraña, le parece conocerlo... sí, es un rostro familiar para Carlos, pero no puede precisar de quién...
Lanza de pronto un grito que se pierde entre la multitud de ayes que lastiman la tarde. Y sale huyendo.
El extraño hombre, inerte sobre los adoquines ensangrentados, era sencillamente su padre...

*Este cuento fue premiado con Mención Honorífica en el Liceum pinareño en abril de 1957.

Enlaces de Interés

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