...es un reguero de penas
que se pierden en la noche cubana;
es un grito sin respuesta,
carne de pueblo vendido a los bancos extranjeros;
es un sudor sangrante
que se derrocha caliente sobre la tierra ajena;
es una mano de harapos muertos,
pregonando su dolor por tanto hombre explotado:
canción de labio infantil
(puro fruto de la calle):
¡Guan sen Plis!
¡Míster...! ¡Plis...!
Mientras en otros espacios
(¡más lujosos y de moda!)
manos envilecidas,
sordas a ese clamor,
dan al mejor postor:
¡azúcar!, ¡tabaco y ron!
Aceras que son testigos
de este cruel peregrinar...
Manos enjoyadas que dejan,
tras el esclavo pedir,
una migaja maldita
(fruto y sangre de palmar).
Trillo de asfalto y concreto,
carne y nervio de ciudad:
¡cuánta pena en las esquinas,
cuánto niño sin hogar!
Y ese grito... y ese canto:
¡guan sen míster...!
¡guan sen plis...!
Pero no es un grito perdido y sin eco,
inútil plegaria ante los altares fríos;
(luz que aún no se ha roto en este nervio dolido),
esperanza que no muere tras el último rogar,
dolor clavado en la sal de una sonrisa infantil...
Ya sentirán los trillos el soplo de rebeldía,
romperse sobre la noche en estallido de dignidad,
y el oprimido trocar su llanto
por un pedazo de hierro
forjado para derribar tiranos...
Tú,
silencia mientras puedas
ese dolor de harapo,
esa sangre de mendigo
que al unirse con el ron
se vuelve llanto y danzón...
Pues en los rostros marchitos
que conocen ese canto,
y en los surcos vendidos
que humillan el verde campo
hay un sabor de mañana
y una esperanza de aurora.
Sigue lastimando las calles
con esa queja infantil:
¡guan sen Míster!
¡guan sen, plis!

Luis Saíz
Enero 16 de 1957